domingo, 9 de octubre de 2016
Franz Kafka, amaba a las mujeres profundamente
Franz Kafka no fumaba, no bebía alcohol y no comía dulces. A las mujeres las amaba profundamente, pero a la vez temía el placer carnal. El Museo Nacional de Bellas Letras de Strahov, en Praga, consiguió hace poco una carta de la correspondencia que Kafka mantuvo con su segunda novia, Julia Wohryzková. La corta misiva, enviada por correo tubular el 18 de junio de 1919, revela, entre otras cosas, el típico humor literario de Franz Kafka, según precisa Naděžda Macurová, directora del archivo literario del Museo Nacional de Bellas Letras.
“Es una graciosa carta de amor de Franz Kafka a su novia Julia en la que le comunica que tiene que postergar su cita para otro día porque la fecha para la que quedaron es un día festivo, y no es posible encontrarse. No dice por qué. A la vez, de la carta se desprende que Kafka, como integrante de la comunidad judía, tomaba clases de hebreo porque escribe: ´Voy a perder por tu culpa mi clase de hebreo, pero al fin a al cabo, tú también me darás una clase de hebreo y yo prefiero la tuya´”.
sábado, 8 de octubre de 2016
FRANZ KAFKA Y MILENA Una historia de amor
Una vez dijo Milena a su amiga Neumann "no conoces a alguien hasta
que le amas " y Kafka escribió " Quien busca no
halla, pero quien no busca es hallado" . Milena comprendió a Kafka
como nadie lo había hecho, si , le comprendió porque le amó .
Kafka: “No solo te amo a ti. Es más lo que amo: amo la existencia que tú me otorgas”.
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Franz Kafka, “Cartas a Milena
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No son justos aquellos que suponen a un Kafka siempre sufrido y en penumbras. El hombre tuvo sus momentos de alegría, risas, deseos y placer. Con no poca frecuencia practicaba natación, hacía gimnasia, remaba, trabajaba y tomaba sol desnudo en el jardín de su casa: el nudismo como filosofía de vida, al igual que la opción vegetariana en las comidas, era una de sus aficiones; de tanto en tanto, además, frecuentaba las tabernas de Praga, donde bebía y dialogaba con almas perdidas como la suya. Fue quizá para compensar los excesos (que incluían visitas reiteradas a los prostíbulos de la ciudad) que con el tiempo se hizo naturista. En un pie de página de los diarios compilados por su amigo Max Brod cuenta que Kafka siempre mostró interés por la terapia natural: “Siguió todas sus derivaciones: la comida cruda y vegetariana, el nudismo, la gimnasia y la antivacunación“.
Además Kafka fue un hombre enamorado. Alrededor de dos años duró la relación fraternal y amorosa entre Franz Kafka y Milena Jesenská . Pero salvo unos pocos encuentros esporádicos en Viena, el vínculo se desarrolló básicamente por vía epistolar. Los fragmentos que se reproducen a continuación forman parte de una nueva e inminente reedición por Editorial Losada de “Cartas a Milena”. En esos mensajes aparece con frecuencia un Kafka enamorado y por momentos exultante, pleno de energía:
“Sólo en sueños soy tortuoso. Es tan lindo haber recibido tu carta y tener que responderla con este cerebro insomne. No sé qué escribir. Me limito a vagar entre las líneas, a la luz de tus ojos, en el aliento de tu boca, como en un bello día de felicidad”.
“No sé cómo abarcar toda esta dicha en palabras, ojos, manos y este corazón. No sé cómo abarcar la felicidad de tenerte aquí, la alegría de que me pertenezcas. No solo te amo a ti. Es más lo que amo: amo la existencia que tú me otorgas”.
“Yo te quiero como el mar desea a un diminuto guijarro hundido en sus profundidades. De igual manera te envuelve mi amor. Y ojalá yo sea para ti ese guijarro. Amo al mundo entero y a ese mundo pertenecen también tus hombros y tu rostro sobre mí en el bosque y ese descansar mío sobre tu pecho casi desnudo”.
“Qué fácil será la vida cuando estemos juntos. Entiéndeme bien y sigue siendo buena conmigo. Antes de conocerte creía no poder soportar la vida, no poder soportar a los hombres Y eso me avergonzaba. Pero tú Milena me confirmas ahora que no era la vida lo que me parecía insoportable. Hoy me bastan unas pocas líneas tuyas, dos líneas, una sola palabra. Lo único cierto es que lejos de ti no puedo vivir. No deseo otra cosa que hundir mi rostro en tu regazo, sentir tu mano sobre mi cabeza y permanecer así hasta la eternidad”.
sábado, 20 de agosto de 2016
Carta a mi mujer de Pentti Saarikoski
Pentti Saarikoski escribe una carta a su mujer en la que le cuenta todo lo que experimenta y piensa durante algunas semanas que pasa en Dublín, la ciudad de James Joyce, quien está muy presente en todo el relato. De una forma abierta, sincera y cercana, habla de esa ciudad que le fascina, de otras mujeres, de su adicción al alcohol, entre otras muchas cosas. En el libro desea ser él mismo, ser molesto, decir lo que salga de su boca, pues siente que un discurso lógico y moderado no surte efecto. Su prosa es sencilla y potente, a veces habla como un niño, otras cual filósofo, pero a su lado el lector siempre se siente cómodo. Saarikoski no sabe blasfemar ni ser grosero o malvado, por mucho que lo intente; él camina por donde camina. Carta a mi mujer es uno de los textos más francos de este imprescindible poeta y novelista finlandés.
PENTTI SAARIKOSKI
Fue uno de los autores más importantes a partir de la década de los sesenta, en Finlandia. Entre sus obras publicadas figuran poesía y traducciones de obras clásicas contemporáneas, tales como Ulises de James Joyce, El guardián entre el centeno de J. D. Salinger, así como obras de autores griegos y latinos: Eurípides, Heráclito, Safo, Jenofonte…
Saarikoski también escribió columnas bajo el seudónimo de Nenä («Nariz»). Su pluma satirizaba a la Iglesia, al Ejército, a la política y, fundamentalmente, al conservadurismo existente en estas instituciones. En sus escritos periodísticos parodió la jerga política oficial de la época de una manera sarcástica.
Fue muy respetado en Finlandia, una auténtica celebridad. Tanto su obra como su personalidad estuvieron influenciadas por el alcoholismo, que finalmente lo llevaría a una temprana muerte. Durante el periodo de la guerra fría, Saarikoski mantuvo lazos afectivos con los comunistas, como una forma, reflexiva e intelectual, de anteponerse a la presencia avasalladora de Estados Unidos en el mundo moderno.
jueves, 28 de abril de 2016
Cenicienta de Chales Perrault
Este volumen recoge las dos versiones más importantes de esta historia tradicción oral: la de Chares Perrault, escrita en 1697, y la de los hermanos Grimm, del año 1812. Ambos cuentos, aunque en esencia narran la misma historia, tienen detalles diferentes, lo que es extraño ya que cada uno de ellos está influenciado por su contexto histórico.
viernes, 12 de junio de 2015
lunes, 16 de marzo de 2015
El alcalde de Casterbridge de Thomas Hardy
Thomas Hardy
El alcalde de Casterbridge (fragmento)
" No tardaron en llegar al lugar donde se hallaba la banda municipal, que estaba haciendo temblar los cristales de las ventanas con los sones de The Roast Beef of Old England.
El edificio ante cuyas puertas había plantado la banda sus atriles no era otro que el hotel principal de Casterbridge, King´s Arms. Un espacioso mirador se proyectaba hasta la calle sobre el porche principal, y de las ventanas abiertas llegaba un murmullo de voces, el tintineo de vasos y el ruido de sacacorchos.
Como las cortinas estaban descorridas, se podía ver todo el interior de la estancia desde lo alto de unas escaleras de piedra que conducían a la oficina de postas de enfrente, razón por la cual se había reunido allí un puñado de curiosos.
-Bueno, creo que podríamos aprovechar para hacer algunas pesquisas sobre... nuestro pariente, el señor Henchard-susurró la señora Newson, quien desde su entrada en Casterbrige parecía extrañamente abatida y nerviosa-. Éste me parece un buen lugar para ello. Preguntar solamente, ya sabes, qué concepto se tiene de él en la ciudad, si es que está aquí realmente, como creo que debe de estar. Tú eres la más indicada para hacerlo, Elizabeth Jane. Yo estoy demasiado agotada para hacer nada. Quítate primero el velo.-Se sentó en el escalón más bajo mientras Elizabeth Jane ejecutaba sus directrices y se mezclaba entre los curiosos.
-¿Qué se celebra ahí esta noche?-preguntó la muchacha tras escoger a un anciano y permanecer a su lado el tiempo suficiente para considerarse con derecho a entablar conversación.
-¿Eh? Sin duda es usted forastera-dijo el anciano sin apartar los ojos de la ventana-. Es una gran cena pública para los notables y demás personalidades, presidida por el alcalde. Como al pueblo llano no nos han invitado, han dejado los postigos abiertos para que podamos hacernos una idea de lo que pasa ahí dentro. Si sube un poco más, podrá verlos. Ése que está presidiendo la mesa, al final, es el señor Henchard, el alcalde; y a la derecha y a la izquierda están sentados los concejales. Ah, muchos de ellos empezaron en la vida siendo menos de lo que soy yo ahora...
¿Henchard?-repitió Elizabeth Jane sorprendida pero en modo alguno sospechando todo el alcance de la revelación. Subió hasta el peldaño más alto.
A su madre, aunque estaba mirando a otro lado, ya le había llamado la atención un curioso tono de voz, captado a través de la ventana del hotel, antes de que las palabras del viejo, "el señor Henchard", el alcalde", llegaran a sus oídos. Se levantó y subió al lado de su hija tan pronto como pudo tratando de no mostrar un interés especial.
Todo el interior del comedor del hotel se ofrecía ahora a su vista, con sus mesas, vajilla, platería y comensales. Frente a la ventana, en el lugar de honor, estaba sentado un hombre de unos cuarenta años de edad; era corpulento, de rasgos anchos y voz imperiosa, y presentaba un aspecto más bien tosco que macizo. Tenía buen color de cara-casi morena-, ojos negros relucientes, cejas pobladas y cabellos negros. Al permitirse una risotada ocasional tras la observación de cierto invitado, su amplia boca se abrió de tal manera que, a la luz del candelabro, dejó ver, del total de treinta y dos piezas, una veintena o más de dientes sanos y blancos, de los que obviamente aún podía vanagloriarse. "
El alcalde de Casterbridge (fragmento)
" No tardaron en llegar al lugar donde se hallaba la banda municipal, que estaba haciendo temblar los cristales de las ventanas con los sones de The Roast Beef of Old England.
El edificio ante cuyas puertas había plantado la banda sus atriles no era otro que el hotel principal de Casterbridge, King´s Arms. Un espacioso mirador se proyectaba hasta la calle sobre el porche principal, y de las ventanas abiertas llegaba un murmullo de voces, el tintineo de vasos y el ruido de sacacorchos.
Como las cortinas estaban descorridas, se podía ver todo el interior de la estancia desde lo alto de unas escaleras de piedra que conducían a la oficina de postas de enfrente, razón por la cual se había reunido allí un puñado de curiosos.
-Bueno, creo que podríamos aprovechar para hacer algunas pesquisas sobre... nuestro pariente, el señor Henchard-susurró la señora Newson, quien desde su entrada en Casterbrige parecía extrañamente abatida y nerviosa-. Éste me parece un buen lugar para ello. Preguntar solamente, ya sabes, qué concepto se tiene de él en la ciudad, si es que está aquí realmente, como creo que debe de estar. Tú eres la más indicada para hacerlo, Elizabeth Jane. Yo estoy demasiado agotada para hacer nada. Quítate primero el velo.-Se sentó en el escalón más bajo mientras Elizabeth Jane ejecutaba sus directrices y se mezclaba entre los curiosos.
-¿Qué se celebra ahí esta noche?-preguntó la muchacha tras escoger a un anciano y permanecer a su lado el tiempo suficiente para considerarse con derecho a entablar conversación.
-¿Eh? Sin duda es usted forastera-dijo el anciano sin apartar los ojos de la ventana-. Es una gran cena pública para los notables y demás personalidades, presidida por el alcalde. Como al pueblo llano no nos han invitado, han dejado los postigos abiertos para que podamos hacernos una idea de lo que pasa ahí dentro. Si sube un poco más, podrá verlos. Ése que está presidiendo la mesa, al final, es el señor Henchard, el alcalde; y a la derecha y a la izquierda están sentados los concejales. Ah, muchos de ellos empezaron en la vida siendo menos de lo que soy yo ahora...
¿Henchard?-repitió Elizabeth Jane sorprendida pero en modo alguno sospechando todo el alcance de la revelación. Subió hasta el peldaño más alto.
A su madre, aunque estaba mirando a otro lado, ya le había llamado la atención un curioso tono de voz, captado a través de la ventana del hotel, antes de que las palabras del viejo, "el señor Henchard", el alcalde", llegaran a sus oídos. Se levantó y subió al lado de su hija tan pronto como pudo tratando de no mostrar un interés especial.
Todo el interior del comedor del hotel se ofrecía ahora a su vista, con sus mesas, vajilla, platería y comensales. Frente a la ventana, en el lugar de honor, estaba sentado un hombre de unos cuarenta años de edad; era corpulento, de rasgos anchos y voz imperiosa, y presentaba un aspecto más bien tosco que macizo. Tenía buen color de cara-casi morena-, ojos negros relucientes, cejas pobladas y cabellos negros. Al permitirse una risotada ocasional tras la observación de cierto invitado, su amplia boca se abrió de tal manera que, a la luz del candelabro, dejó ver, del total de treinta y dos piezas, una veintena o más de dientes sanos y blancos, de los que obviamente aún podía vanagloriarse. "
El velo alzado de George Eliot
George Eliot
El velo alzado (fragmento)
" Mi sensibilidad se había agudizado hasta ese extremo de intensidad en el que nuestras emociones adoptan la forma de un drama desgarrador, que se nos impone por la fuerza, y empezamos a llorar, no tanto por el peso real de nuestros sufrimientos como por el cuadro que componemos con ellos. Yo me compadecía del patetismo de mi situación: la de un ser delicadamente organizado para el dolor, pero casi sin la menor posibilidad de responder al placer; alguien para quien la idea de un sufrimiento futuro privaba de toda alegría en el presente y para quien la idea de una felicidad futura no calmaba la inquietud de un anhelo y de un temor presentes. Atravesé mudo ese estadio del sufrimiento en el que el poeta, que siente los deliciosos dolores de la creación, produce una imagen de sus desdichas. "
El velo alzado (fragmento)
" Mi sensibilidad se había agudizado hasta ese extremo de intensidad en el que nuestras emociones adoptan la forma de un drama desgarrador, que se nos impone por la fuerza, y empezamos a llorar, no tanto por el peso real de nuestros sufrimientos como por el cuadro que componemos con ellos. Yo me compadecía del patetismo de mi situación: la de un ser delicadamente organizado para el dolor, pero casi sin la menor posibilidad de responder al placer; alguien para quien la idea de un sufrimiento futuro privaba de toda alegría en el presente y para quien la idea de una felicidad futura no calmaba la inquietud de un anhelo y de un temor presentes. Atravesé mudo ese estadio del sufrimiento en el que el poeta, que siente los deliciosos dolores de la creación, produce una imagen de sus desdichas. "
La morada Maligna de Richmal Crompton
Richmal Crompton
La morada maligna (fragmento)
" Y en aquel momento le pareció que la Cosa Maligna que yacía en el corazón de la belleza de la casa estaba a su lado y le sonreía a la luz de la luna. "
La morada maligna (fragmento)
" Y en aquel momento le pareció que la Cosa Maligna que yacía en el corazón de la belleza de la casa estaba a su lado y le sonreía a la luz de la luna. "
"Abril encantado" de Elizabeth Von Arnim-
Elizabeth von Arnim
Abril encantado (fragmento)
" Contempló la figura que tenía delante. Sin duda una criatura bonita, y que habría tenido éxito en Farringford. Resultaba curiosa la facilidad con la que incluso los hombres más grandes se veían afectados por el aspecto. Había visto con sus propios ojos a Tennyson alejarse de todo el mundo, volverse, realmente, dando la espalda a una muchedumbre de personas eminentes reunidas para rendirle homenaje, y retirarse a la ventana con una joven que nadie conocía, que había sido llevada allí por casualidad y cuyo único y exclusivo mérito —si se podía considerar un mérito aquello que la casualidad otorga— era la hermosura. ¡La hermosura! Extinguida antes de que uno pudiera darse cuenta. Un asunto, casi se podía decir, de minutos. Bueno, mientras duraba parecía sin duda ser capaz de hacer lo que quería con los hombres. Ni siquiera los maridos eran inmunes. Había habido algunos episodios en la vida de Mr. Fisher...
—Imagino que el viaje le ha sentado mal —dijo con su voz grave—. Lo que usted necesita es una buena dosis de alguna medicina simple. Le preguntaré a Domenico si en el pueblo existe algo parecido al aceite de ricino.
Scrap abrió los ojos y miró a Mrs. Fisher de frente.
—Ah —dijo Mrs. Fisher—, sabía que no estaba dormida. Si lo hubiera estado habría dejado caer el cigarrillo al suelo.
Scrap tiró el cigarrillo por encima del antepecho.
—Eso es un despilfarro —dijo Mrs. Fisher—. No me gusta que las mujeres fumen, pero me gusta todavía menos el despilfarro.
“¿Qué se puede hacer con gente así?”, se preguntó Scrap, con los ojos fijos en Mrs. Fisher, en lo que en su opinión era una mirada indigna, pero a Mrs. Fisher le pareció de una docilidad realmente encantadora.
—Ahora seguirá mi consejo —dijo Mrs.
Fisher conmovida— y no descuidará lo que muy bien puede convertirse en una enfermedad. Estamos en Italia, ya sabe, y hay que ser cuidadosos. Para empezar, debería usted irse a la cama.
—Nunca me voy a la cama —le espetó Scrap; y sonó tan conmovedor, tan desesperado como esa frase declamada muchos años atrás por una actriz en el papel de Poor Jo en una versión de Casa desolada adaptada al teatro: “Siempre estoy circulando”, decía Poor Jo en esta obra, instada por un policía a hacerlo; y Mrs. Fisher, entonces una niña, había apoyado la cabeza en la barandilla de terciopelo rojo de la primera fila de principal y había llorado en voz alta.
Era maravillosa, la voz de Scrap. En los diez años transcurridos desde su presentación en sociedad, le había proporcionado todos los triunfos que la inteligencia y el ingenio pueden obtener, porque hacía que todo lo que decía pareciera memorable. Con semejante conformación de garganta, debería haber sido una cantante, pero Scrap era muda para cualquier tipo de música excepto para esta música de la voz hablada; y qué fascinación, qué hechizo había en ella. Era tal el encanto de su rostro y la belleza de su aspecto que no había un solo hombre en cuyos ojos no apareciera, al verla, una llama del más vivo interés; pero, cuando oía su voz, la llama en los ojos de ese hombre quedaba atrapada y fijada. Sucedía lo mismo con todos los hombres, cultos o ignorantes, viejos, jóvenes, atractivos ellos mismos o repelentes, hombres de su mundo y conductores de autobús, generales y soldados —la guerra había sido para ella un período de perplejidad—, obispos igual que sacristanes —su confirmación había estado rodeada de acontecimientos sorprendentes—, saludables y enfermizos, ricos e indigentes, brillantes o tontos; y daba lo mismo lo que fueran, o la madurez y estabilidad de su matrimonio; cuando la veían, aparecía esta llama en los ojos de cada uno de ellos, y cuando la oían permanecía allí. "
Abril encantado (fragmento)
" Contempló la figura que tenía delante. Sin duda una criatura bonita, y que habría tenido éxito en Farringford. Resultaba curiosa la facilidad con la que incluso los hombres más grandes se veían afectados por el aspecto. Había visto con sus propios ojos a Tennyson alejarse de todo el mundo, volverse, realmente, dando la espalda a una muchedumbre de personas eminentes reunidas para rendirle homenaje, y retirarse a la ventana con una joven que nadie conocía, que había sido llevada allí por casualidad y cuyo único y exclusivo mérito —si se podía considerar un mérito aquello que la casualidad otorga— era la hermosura. ¡La hermosura! Extinguida antes de que uno pudiera darse cuenta. Un asunto, casi se podía decir, de minutos. Bueno, mientras duraba parecía sin duda ser capaz de hacer lo que quería con los hombres. Ni siquiera los maridos eran inmunes. Había habido algunos episodios en la vida de Mr. Fisher...
—Imagino que el viaje le ha sentado mal —dijo con su voz grave—. Lo que usted necesita es una buena dosis de alguna medicina simple. Le preguntaré a Domenico si en el pueblo existe algo parecido al aceite de ricino.
Scrap abrió los ojos y miró a Mrs. Fisher de frente.
—Ah —dijo Mrs. Fisher—, sabía que no estaba dormida. Si lo hubiera estado habría dejado caer el cigarrillo al suelo.
Scrap tiró el cigarrillo por encima del antepecho.
—Eso es un despilfarro —dijo Mrs. Fisher—. No me gusta que las mujeres fumen, pero me gusta todavía menos el despilfarro.
“¿Qué se puede hacer con gente así?”, se preguntó Scrap, con los ojos fijos en Mrs. Fisher, en lo que en su opinión era una mirada indigna, pero a Mrs. Fisher le pareció de una docilidad realmente encantadora.
—Ahora seguirá mi consejo —dijo Mrs.
Fisher conmovida— y no descuidará lo que muy bien puede convertirse en una enfermedad. Estamos en Italia, ya sabe, y hay que ser cuidadosos. Para empezar, debería usted irse a la cama.
—Nunca me voy a la cama —le espetó Scrap; y sonó tan conmovedor, tan desesperado como esa frase declamada muchos años atrás por una actriz en el papel de Poor Jo en una versión de Casa desolada adaptada al teatro: “Siempre estoy circulando”, decía Poor Jo en esta obra, instada por un policía a hacerlo; y Mrs. Fisher, entonces una niña, había apoyado la cabeza en la barandilla de terciopelo rojo de la primera fila de principal y había llorado en voz alta.
Era maravillosa, la voz de Scrap. En los diez años transcurridos desde su presentación en sociedad, le había proporcionado todos los triunfos que la inteligencia y el ingenio pueden obtener, porque hacía que todo lo que decía pareciera memorable. Con semejante conformación de garganta, debería haber sido una cantante, pero Scrap era muda para cualquier tipo de música excepto para esta música de la voz hablada; y qué fascinación, qué hechizo había en ella. Era tal el encanto de su rostro y la belleza de su aspecto que no había un solo hombre en cuyos ojos no apareciera, al verla, una llama del más vivo interés; pero, cuando oía su voz, la llama en los ojos de ese hombre quedaba atrapada y fijada. Sucedía lo mismo con todos los hombres, cultos o ignorantes, viejos, jóvenes, atractivos ellos mismos o repelentes, hombres de su mundo y conductores de autobús, generales y soldados —la guerra había sido para ella un período de perplejidad—, obispos igual que sacristanes —su confirmación había estado rodeada de acontecimientos sorprendentes—, saludables y enfermizos, ricos e indigentes, brillantes o tontos; y daba lo mismo lo que fueran, o la madurez y estabilidad de su matrimonio; cuando la veían, aparecía esta llama en los ojos de cada uno de ellos, y cuando la oían permanecía allí. "
sábado, 3 de enero de 2015
domingo, 30 de noviembre de 2014
Garman y Worse de Alexander Kielland
" Nada es tan ilimitado como el mar, nada tan paciente. En su amplio lomo lleva, como un elefante bonachón, los diminutos maniquíes que hollan la tierra. En sus vastas y gélidas profundidades yace todo lo mortal. No es cierto que el mar sea infiel, porque no ha prometido nada, y sin pretensión, puro, libre y verdadero, late su corazón como el último sonido en un mundo enfermo. Y mientras los maniquíes posan con avidez sus ojos sobre su superficie, entona su vieja lírica canción. Nunca dos antagonistas se comprenden del mismo modo. El mar tiene una palabra distinta para cada uno de ellos. "
"Hace mucho que hemos olvidado el escuchar" de Nelly Sachs
"Si El -en otro tiempo- nos hubiera
plantado,
plantado como hierba de dunas, en el mar eterno,
creceríamos en pasturas tupidas,
como la lechuga crece en el huerto.
Aunque tengamos asuntos
que nos lleven más allá
de Su luz,
aunque bebamos el agua de cañerías
que se acerque muriendo
a nuestra boca, eternamente sedienta,
aunque caminemos por una calle
bajo la cual la tierra ha sido llevada al silencio
por un empedrado...
no debemos vender nuestro oído,
oh, nuestro oído no debemos vender.
También en el mercado,
en el cálculo del polvo,
más de uno da -rápidamente- un salto
sobre la cuerda de la nostalgia;
porque él escuchó algo,
dió el salto fuera del polvo
y sació su oído.
Apretad; oh, apretad -en el día de la destrucción-
a la tierra el oído que escucha,
y escucharéis, a través del sueño
escucharéis
cómo en la muerte
empieza la vida. "
plantado como hierba de dunas, en el mar eterno,
creceríamos en pasturas tupidas,
como la lechuga crece en el huerto.
Aunque tengamos asuntos
que nos lleven más allá
de Su luz,
aunque bebamos el agua de cañerías
que se acerque muriendo
a nuestra boca, eternamente sedienta,
aunque caminemos por una calle
bajo la cual la tierra ha sido llevada al silencio
por un empedrado...
no debemos vender nuestro oído,
oh, nuestro oído no debemos vender.
También en el mercado,
en el cálculo del polvo,
más de uno da -rápidamente- un salto
sobre la cuerda de la nostalgia;
porque él escuchó algo,
dió el salto fuera del polvo
y sació su oído.
Apretad; oh, apretad -en el día de la destrucción-
a la tierra el oído que escucha,
y escucharéis, a través del sueño
escucharéis
cómo en la muerte
empieza la vida. "
Richmal Crompton La morada maligna (fragmento)
" Y en aquel momento le pareció que la Cosa Maligna que yacía en el corazón de la belleza de la casa estaba a su lado y le sonreía a la luz de la luna. "
Las olas de Virginia Woolf
"Un pájaro gorjeó muy alto; hubo una pausa: más abajo, otro pájaro repitió su
gorjeo. El sol utilizó las paredes de la casa y se apoyó, como la punta de un
abanico, sobre una persiana blanca; el dedo del sol marcó sombras azules en el
arbusto junto a la ventana del dormitorio. La persiana se estremeció dulcemente.
Pero todo en la casa continuó siendo vago e insustancial. Afuera, los pájaros
cantaban sus vacías melodías. "
domingo, 23 de noviembre de 2014
Agnes Grey de Anne Brönte
Anne Brontë
Agnes Grey (fragmento)
" Imposible describir la frescura y pureza del aire. Ninguna otra cosa se movía, ningún otro ser a la vista, solo yo. Mis pisadas eran las primeras que hollaban aquella arena virgen; ninguna señal sobre ellas desde que la última marea borrara las marcas más profundas del día anterior, y la dejara lisa y uniforme, salvo en las partes en que el agua había dejado algunos charcos y pequeños arroyos. Refrescada y vigorizada por la brisa, feliz, caminaba por la playa, olvidando todas mis preocupaciones, como si mis pies tuvieran alas y pudiese caminar cuarenta millas sin fatiga, y experimentando una sensación de entusiasmo que no recordaba desde los días de mi juventud. "
Agnes Grey (fragmento)
" Imposible describir la frescura y pureza del aire. Ninguna otra cosa se movía, ningún otro ser a la vista, solo yo. Mis pisadas eran las primeras que hollaban aquella arena virgen; ninguna señal sobre ellas desde que la última marea borrara las marcas más profundas del día anterior, y la dejara lisa y uniforme, salvo en las partes en que el agua había dejado algunos charcos y pequeños arroyos. Refrescada y vigorizada por la brisa, feliz, caminaba por la playa, olvidando todas mis preocupaciones, como si mis pies tuvieran alas y pudiese caminar cuarenta millas sin fatiga, y experimentando una sensación de entusiasmo que no recordaba desde los días de mi juventud. "
domingo, 9 de noviembre de 2014
Johann Wolfgang Von Goethe, Casa de campo de Goethe
Johann Wolfgang von Goethe (28 de agosto de 1749, en Fráncfort del Meno, Hesse, Alemania – 22 de marzo de 1832, en Weimar, Turingia, Alemania) fue un poeta, novelista, dramaturgo y científico alemán que ayudó a fundar el romanticismo, movimiento al que influenció profundamente. En palabras de George Eliot fue "el más grande hombre de letras alemán... y el último verdadero hombre universal que caminó sobre la tierra". Su obra, que abarca géneros como la novela, la poesía lírica, el drama e incluso controvertidos tratados científicos, dejó una profunda huella en importantes escritores, compositores, pensadores y artistas posteriores, siendo incalculable en la filosofía alemana posterior y constante fuente de inspiración para todo tipo de obras. Su apellido da nombre al Goethe-Institut, organismo encargado de difundir la cultura alemana en todo el mundo.
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